El próximo es el último Shabat antes del Año Nuevo, Rosh ha-Shaná. Este año las porciones de Nitsavim (Deut. 29:9-30:20) y Vayelej (íd. 31:1-30) se leen juntas y en general anticipan ya dos temas que serán recurrentes en la liturgia de los días tremendos (Año Nuevo y Kipur): la llamada de la vida y la consolidación del pacto entre el Eterno y el pueblo judío.
Los versos de Deut. 29:9-10 dicen, Atem nitsavim ha-yom kuljem lifné Adonai Eloqejem: rashejem, shivtejem, ziqnejem ve-shotrejem, kol ish Yisrael;/ tapjem, neshejem ve-guerjá asher be-qérev ma'haneja, me-'hotev 'etseja 'ad shoev memeja "[Vosotros] estáis presentes hoy, todos vosotros, ante el Eterno vuestro Dios, vuestros líderes, vuestras tribus, vuestros ancianos y vuestros guardias, todo hombre de Israel;/ vuestros niños, vuestras mujeres y el converso que reside en tu campamento, desde el leñador hasta el aguador". También Moshé, antes de morir, dice a los ancianos de Israel, haqhel et ha-'am, ha-anashim ve-ha-nashim "reunid al pueblo, a los hombres y a las mujeres" (v. 31:12), verbo que curiosamente insinúa ya al qahal qadosh, es decir, la "comunidad sagrada".
¿Qué es la "comunidad sagrada"? ¿Qué es el pueblo judío? Sin duda es uno y único pues el Santo, Bendito sea Él, llama a los presentes "todos vosotros", y dice ha-'am, "el pueblo", absolutamente determinado y escogido de entre los demás pueblos.
Pero, ¿qué clase de conexión re-liga al pueblo judío? En primer lugar, "todos vosotros, (…), vuestros ancianos, (…) vuestros niños, vuestras mujeres", se refiere a la herencia a través de la familia, a través de la sangre. El primer elemento que determina la judeidad es la sangre. Así, de entrada, es judío quien nace de una madre judía. En palabras de Franz Rosenzweig, "(el pueblo judío) nota cómo corre por sus venas, ya hoy, cálidamente, la garantía de su eternidad".
Sin embargo no solamente se trata de la sangre, sino de la vida. El judaísmo es una comunidad de sangre y vida. Así, también "el converso que reside en tu campamento", y "el leñador" y "el aguador" son llamados a presentarse ante el Eterno ese día, es decir: hoy.
Ese versículo es sumamente curioso. El leñador y el aguador, ¿de quiénes se está hablando? De acuerdo a la tradición judía, y al igual que pasaría más tarde con Josué y los guibeonitas (ver Josué 9), muchos canaanitas solían venir ante Moshé para convertirse al judaísmo. Sin embargo, algunos le decepcionaban después, y el profeta los asignaba como leñadores y aguadores (personas que se encargaban de extraer el agua de los pozos). Así versan el Midrash (Tan'humá 2) y el Talmud de Babilonia (Tratados de Yevamot 79a y Guitín 23b).
Sin el vínculo de la sangre y de la vida, otros pueblos apegan su voluntad al suelo y su dominio al territorio. "La tierra, así, traiciona al pueblo que confió su duración a la de ella. Continúa durando, pero el pueblo que hubo sobre ella pasó" (dice Rosenzweig). En cambio, el Eterno llama a Abraham para que abandone su tierra, la casa de su padre, su lugar natal, y vaya al lugar que Él le indicará. El vínculo del pueblo judío a la tierra de Israel no es pues la clave de su supervivencia, sino solamente la anticipación de la promesa. Pues aunque la promesa se ha anticipado a través de la vuelta del pueblo a la tierra, la promesa en sí deviene, inacabada, razón por la cual aún el pueblo judío espera el cumplimiento, la completud, de la misma (y reza por ella cada día).
Lo cual nos lleva al segundo punto: el pueblo judío es también su tradición y su cultura. En la haftará que acompaña a la Parashat Nitsavim de acuerdo a la tradición italiana (Josué 24:1-18), se percibe de manera muy clara. Antes de cerrar el libro que lleva su nombre, Josué reúne al pueblo y les dice:
"Más allá de la orilla del río [Éufrates] moraban vuestros antepasados en la antigüedad, Taré, padre de Abraham y padre de Najor, y adoraban a dioses otros (Jos. 24:2). Mas llamé a vuestro padre, a Abraham, de la orilla del río [Éufrates] y lo llevé por toda la tierra de Canaán, y multipliqué su descendencia, y le di a Isaac (v. 24:3), y a Isaac le di Jacob, y Jacob y sus hijos descendieron a Egipto (v. 24:4). Pero envié a Moshé y a Aarón, y castigué con plagas a Egipto (…) y después os liberé [de allí] (v. 24:5) y residisteis en el desierto durante muchos años (v. 24:7 in fine)."
El pasado de Israel conduce así al instante en el que Moshé les dice, "estáis presentes hoy, todos vosotros, ante el Eterno vuestro Dios". En cada eslabón de la escalera, la obra divina está presente. La supervivencia de la tradición garantiza la vida. Dice la porción de esta semana, le-ma'an haqim otjá ha-yom lo le-'am ve-hu yiheyé lejá le-Eloqim, ka-asher diber laj ve-ja-asher nishbá la-avoteja, le-Abraham, le-Yits'haq u-le-Ya'aqov "para que te preserve hoy para Él como pueblo, y [entonces] Él será para ti Dios, tal y como te dijo y tal y como prometió a tus padres, a Abraham, a Isaac y a Jacob" (Deut. 29:12), ki hu 'hayeja "pues Él es tu vida" (v. 30:20).
Al igual que en cada generación pervive la promesa, también así "para ti". En la medida en que sobrevive la tradición en ti, mientras que la promesa de la tierra deviene y la vuelta a la tierra de Israel la anticipa, la vida se cumple (en Heb. el verbo qum usado al principio del versículo 29:12 también puede significar levantar, ratificar, consolidar, cumplir). Es decir, la vida plena y eterna, iluminada por la Torá y por los preceptos. Pero, ¿a qué nos referimos con una vida que es eterna?
Dice Franz Rosenzweig, "la vida eterna sólo dura mientras dura, en general, la vida". En los versículos que tejen el leitmotiv de esta parashá, está siempre ahí la palabra ha-yom "hoy". Cuando Moshé llama al pueblo (v. 29:9), no se nos dice cuándo ni dónde, solamente dice ha-yom, "hoy". Están absolutamente presentes, o mejor, eran absolutamente en presente. A diferencia de la existencia, que disemina la experiencia (como los hilos que componen un tapiz), la vida es el tapiz (es la esencia misma, y por definición, lo que es no puede no ser, y por lo tanto no perece). La muerte está en la experiencia (visible, alrededor), pero no en la vida. La vida ofrece resistencia: resiste contra la muerte.
Esta dimensión de anticipación, de espera viva de la promesa, queda claramente determinada en los versículos 13 y 14 del cap. 29 en su interpretación midrásica:
"Pues no solamente con vosotros sello Yo et ha-brit ha-zot ve-et ha-alá ha-zot esta alianza y este pacto;/ porque [lo sello] con los que están aquí con nosotros hoy ante el Eterno nuestro Dios y también con los que no están aquí con nosotros hoy." A lo que el Midrash añade (Tan'humá 3), "e incluso con las generaciones futuras que serán".
Más adelante el Eterno dice, "Mira, aquí te ofrezco hoy la vida y lo bueno, y la muerte y lo malo" (v. 30:15). Pues la vida se teje no solamente de hilos suaves, lo cual de alguna manera se intuía ya en el que mencionábamos antes: no solamente sella et ha-brit, "la alianza", sino también et ha-alá pero, ¿por qué añadir este término?
Podríamos entender la primera como la Torá (escrita y oral), y la segunda como aquella parte de la vida que no es buena, pero que nos desafía y que debemos enfrentar. Pues ha-alá es "pacto", pero también puede ser "maldición", la parte que dice "si no cumples" acaecerá así y así. Mas el Eterno nos dice, 'hizeqú ve-imetsú al tireú ve-al ta'aretsú "sed fuertes y valientes, no temáis ni tengáis miedo" (v. 31:6).
Pues la Torá no es difícil ni tampoco lejana (v. 30:11), sino que está cerca de ti, muy cerca, en tu boca y en tu corazón, para cumplirla (v. 30:14).
Porque siempre es hoy, las generaciones futuras también tienen su sitio en el relato de la haftará que leen los judíos de rito italiano:
"Cruzasteis el Jordán y llegasteis hasta Jericó" (Jos. 24:11), "y ahora temed al Eterno y servidlo con honestidad y confianza" (v. 24:14). Mas, "deberéis escoger vosotros hoy a quién serviréis, si al Eterno al que servían vuestros padres (cuando llegaron) desde allende el río [Jordán] o si los dioses de los emoritas en cuya tierra residís" (v. 24:15).
Al final de su discurso, el pueblo de Israel contesta, gam ana'hnu na'avod et Adonai ki hu Eloqenu "también nosotros [como hacían nuestros padres] serviremos al Eterno" (v. 24:18 in fine).
El pueblo judío, qahal qadosh la "comunidad sagrada", es uno y único, es sangre y vida, es promesa y tradición, es eterno, e incluye también al que voluntariamente se inserta en él y en el curso de su historia, y también al leñador y al aguador, pues aunque habían decepcionado a Moshé, "la decepción mantiene el amor en forma" (Rosenzweig).
El pueblo judío incluye también, como decíamos antes, al que en su corazón ya se ha alejado de nosotros, pero que está aquí, aún, también presente, en ese hoy que es siempre.
En el versículo 29:18 se dice, ve-hayá be-sham'ó et divré ha-alá ha-zot ve-hitbarej bi-levavó lemor, "shalom yiheyé li bi-sherirut libí elej", le-ma'an sefot ha-ravá et ha-tsemea "y ocurrirá que cuando [ese hombre] escuche las palabras de este pacto [fijaos que dice ha-alá y no ha-brit; habla del "si no cumples"], se regocijará en su corazón diciendo "tendré paz aunque siga los deseos de mi corazón, para que añada el regadío al secano". Esa sería la traducción literal.
Este hombre está presente, hoy, allí, siempre, entre todos nosotros. Sin embargo su corazón mira en otra dirección. Pero incluso él es parte de Israel. Aunque su desnudez está circuncidada, su corazón es incircunciso. En su corazón no pesa el entendimiento (en Heb. biná) sino solamente el sharir "músculo" (Job 40:16), por eso él sigue, sherirut ha-lev, "los deseos (físicos, materiales) del corazón".
La segunda parte del versículo es sumamente hermética. Rashi traduce, "para añadir [el castigo por] los pecados cometidos sin querer [de este hombre] a los [de los] pecados cometidos intencionalmente". Pero se trata ya no de una traducción sino de homilética. La palabra ha-ravá puede significar "bebido" pero también "regadío". El regadío arrastra al secano, ¿qué puede eso significar? Me parece que la interpretación de Ibn Ezra se ajusta más a la literalidad. En su comentario dice,
"En mi opinión la palabra sefot procede de toséfet (juntar, por ej., al "sediento" con aquellos cuya sed está saciada), y la razón de esto es que "tendré paz", incluso aunque "siga los deseos de mi corazón", pues por los méritos de los justos sobreviviré ya que son más numerosos y yo, pecador, soy solamente uno."
El impío cuyo corazón desvía la atención de la llamada de Moshé y del Eterno sabe que todo Israel tiene un lugar en el mundo por venir. Sin embargo, a medida que él se aleja, los suyos, generación tras generación, se alejarán en mayor medida, hasta diluirse como una gota de vino en el océano.
Ese día ya no serán parte de Israel, ni parte de su sangre ni de su vida ni de su promesa ni de su tradición, sino que se habrán asimilado entre los demás pueblos. Como Franz Rosenzweig dice, "la judeidad es algo que ha de ganarse en la vida, que ha de vivirse".
Aquí, de nuevo, ante el Eterno, la disyuntiva de la existencia se vuelve clara: por un lado la vida y la bendición, y por el otro la muerte y la maldición, pero el Eterno nos llama a proclamar y demandar la vida, u-ba'hartá ba-'hayim le-ma'an te'heyé "y elegirás la vida [la Torá] para poder sobrevivir" (v. 30:19), ki 'ets 'hayim hi "pues ella es un árbol de vida".
La conclusión final es: a la pregunta "¿qué es el pueblo judío?" debemos responder, "el pueblo judío vive". Hoy. Siempre.

